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1.- ORESTES

Grecia, Atenas

Cuentan las leyendas griegas que fue en la famosa Acrópolis donde ocurrió la batalla entre la diosa Atenea y Poseidón, el dios de los mares, por las tierras de Ática.
Atenea había sido escogida por el pueblo griego como su protectora después de hacer nacer un olivo de una piedra.
Como homenaje, los atenienses construyeron un enorme santuario de mármol, originalmente pintado en colores brillantes, en una roca de ochocientos metros de diámetros. La Acrópolis, o “ciudad alta”, se erige a una altura de setenta metros de la capital griega.
Despintadas por el tiempo y castigadas por siglos de historia, las construcciones de la Acrópolis aun hoy continúan siendo admiradas y reconocidas como uno de los más grandes monumentos de la humanidad.

Es de noche.

-Está haciendo menos calor ahora, ¿no? – los cabellos de color lino de Shun se mueven con el viento en el teatro a cielo abierto. Él hace el comentario en voz baja, volteándose para atrás, desviando su mirada del palco para observar la Acrópolis.

Es verano. El Sol se oculta como si se colocara encima de Atenas.
En esa época del año, solo comienza a oscurecer después de las ocho de la noche, cuando un tono de azul profundo se esparce lentamente por la ciudad. Intensas luces doradas se encienden en la Acrópolis, iluminando las columnas del Partenón, los bajos relieves, y cada detalle desfigurado por el tiempo.

-Señor Nicol, gracias por acompañarme.

-De nada – dice Nicol, sonriendo – es siempre bueno venir al teatro.

Nicol está sentado al lado de Shun en la platea. Es un hombre elegante y simpático, a pesar de que su ropa, totalmente negra, parece un poco pesada para el verano del mar Egeo. Con cabellos castaños y una mirada tranquila, es lo que podemos llamar un verdadero intelectual.

-La verdad es que yo invité a Seiya, pero él dijo que se iba a morir de aburrimiento.

-De todos modos, traer a un chico inquieto a una pieza de teatro clásico sería arriesgar nuestra entrada y que nos echaran.

Shun sonríe, su rostro adolescente brilla con la luz reflejada por la piedra. A pesar de ser muy joven, él no tiene el aire infantil que caracteriza a la mayoría de los muchachos de su edad.
Los dos están sentados juntos en el punto más alto del auditorio.

-¿Qué sabes sobre el Odeón? – pregunta Nicol.

-No mucho.

Fue construido en el año 161 antes de Cristo. El enorme teatro tiene capacidad para seis mil espectadores y dispone de una acústica impresionante.

-Hasta aquí se puede escuchar el sonido de una moneda cayendo en el palco – explica Nicol – también es llamado el Odeón de Herodes Atticus, en homenaje al político romano que proporcionó los recursos para su construcción. Fue reformado después de la Segunda Guerra Mundial y hoy recibe a artistas de todo el mundo.

-Parece que el gusto de los griegos por el teatro es el mismo desde la antigüedad hasta nuestros días – comenta Shun.

-Aquí nosotros vamos al teatro como otros van a un partido de fútbol.

Piezas clásicas, como la de hoy, son generalmente presentadas en teatros al cielo abierto, sin correr mucho riesgo de cancelamiento por causa de lluvia; en Grecia, cerca de trescientos días al año son soleados.

-Pero las piezas solo pueden comenzar cuando las luces se encienden, después de la puesta del Sol, y por eso acaban bien tarde.

-Este espectáculo tiene cinco horas de duración.

-¡La noche va a ser larga! – dice Nicol, sonriendo – Todos los griegos, inclusos los niños, se van a dormir muy, muy tarde.

Este es el intervalo entre la primera parte de la Trilogía Orestiada de Esquilo. Nicol quiere saber lo que Shun, un muchacho japonés, piensa del teatro clásico griego.

-Muy interesante – dice Shun.

-¿Piensas lo mismo? Las obras de Esquilo son grandiosas sin duda, pero también pueden ser bastante cansadas.

Esquilo vivió en el siglo V antes de Cristo y fue uno de los tres grandes autores de tragedias. Sus piezas continúan siendo mostradas, no solo de la forma clásica, sino también como las más diversas interpretaciones contemporáneas.
La Orestiada tiene lugar un poco después de la guerra de Troya, aquella de Odiseo, Aquiles, Héctor y Helena. El conflicto es desencadenado por una manzana de oro dedicada a la más bella, lanzada entre las divinidades por Eris, la diosa de la discordia, y de hecho acaba involucrando a la mujer más bella del mundo, Helena de Troya.
La primera parte de la trilogía se llama Agamenón. En ella, el personaje, comandante en jefe de los griegos y rey de Micenas, ofrece a su hija Ifigenia en sacrificio. La reina Clitemnestra queda indignada y arma un plan para asesinar a Agamenón, con ayuda de su amante, Egisto.

-Seiya se dormiría solo con oír esa explicación – dice Shun.

-La próxima vez trata de llevarlo a una comedia, de aquellas bien vulgares. Es el tipo de cosa que a los niños de la edad de él le gustan – Nicol ya había oído hablar mucho de Seiya, y se referí al muchacho con un gesto inocente y juguetón. Después del intervalo, comienza la segunda parte de la pieza: Coéforas.

Nueve años pasaron desde la muerte de Agamenón. Su hijo, Orestes, que había sido enviado secretamente a un país vecino, jura al Oráculo de Delfos que irá a vengar la muerte de su padre.
El estilo de la presentación es fiel al teatro clásico, con actores enmascarados y los mismos efectos de palco de la antigüedad.
Orestes regresa a su país a escondidas para eliminar a Egisto, con ayuda de su hermana Electra, y acaba encontrando a la verdadera asesina de su padre, su madre, Clitemnestra.
Clitemnestra suplica por su vida. Orestes queda dividido por algunos momentos, pero no abandona la convicción de vengar la muerte de su padre, conforme a lo ordenado por el Oráculo.

-Di a luz una serpiente – dice la desesperada Clitemnestra.

-Tú mataste a quien nunca deberías haber matado. Por eso, serás condenada a un sufrimiento que no debería existir – Orestes golpea a Clitemnestra con la espada, diciendo que ella no está siendo asesinada por su hijo, sino por ella misma.

La reina Clitemnestra cae muerta, esparciendo el rojo de la sangre por el palco. Matricidio. Todas las miradas de la platea voltean hacia el Orestes enmascarado, sosteniendo aun la espada con la cual mató a su madre. La noticia de su acto llegará a los oídos de las tres Erinias, las diosas de la venganza, que lo llevarán a la locura en la tercera parte de la Orestiada.
Pero la presentación de hoy tiene algo muy errado. Nicol se levanta abruptamente, perplejo.
En el teatro clásico griego, un asesinato, nunca puede ser mostrado abiertamente delante del público. Es un tabú. La escena debe quedar implícita en la narrativa o acontecer fuera del campo de visión de la platea. Se puede oír el grito de la víctima, por ejemplo, pero está terminantemente prohibido mostrar la muerte, los detalles del crimen. Nicol sabe que quebrar esa regla en una pieza clásica sería algo inconcebible para una compañía teatral griega, sobretodo en una presentación teatral en el Odeón.
Y las cosas se ponen cada vez más extrañas.

-¿Son dos? – susurra Nicol, incrédulo.

En el palco, ahora hay dos Orestes, usando la misma máscara. ¿Desde cuándo el otro estaba allá? ¿De dónde salió él?
El actor que interpretaba a Orestes hasta ahora parece congelado por el asesinato que acaba de presenciar. Solo consigue gritar cuando su otro yo voltea la espada en su dirección y le arranca la cabeza, con máscara y todo, en un golpe preciso.
El teatro se viene abajo. Ya no es una pieza, la tragedia de hoy es verdadera. El público despierta de la conmoción causada por la presentación, pasando de la ilusión a la realidad en segundos.
El falso Orestes salta del palco y corre por la platea agitando la espada manchada de sangre. Shun siente que aquella energía mortífera va dirigida a él. De hecho, el hombre tras la máscara se acerca rápidamente al punto más alto del anfiteatro.
La espada del asesino suelta chispas delante de los ojos de Shun, que se defiende del golpe mortal con una cadena que nadie parece saber de dónde salió. Nadie entiende, tampoco, cómo un muchacho delgado consigue contener todo el peso y la fuerza del agresor.

-¿Quién eres tú? – pregunta el falso Orestes, con sus brazos musculosos y poderosos saliéndose del traje de palco.

El olor sutil que llega a la nariz de Shun es el de una fiera hambrienta. Él estira un poco más la fina cadena que, en este momento, contradiciendo a toda lógica y sorprendiendo a todos, acaba reduciendo a polvo la pesada espada de bronce.
El asesino no parece intimidarse y pasa a luchar con sus propias manos. Shun es el único que consigue seguir sus movimientos ultrarrápidos. Apenas Shun percibe cuando él se voltea hacia Nicol y suspende el cuerpo del griego en el aire, lanzándolo con una fuerza sobrehumana contra una pared de piedra. Pero ni siquiera Shun sabe dónde está el agresor algunos segundos después, en medio de la confusión y del caos generalizado en el anfiteatro.

-¿Para dónde se fue?

El muchacho, alerta, mantiene la posición de lucha con sus cadenas mientras protege a Nicol. No hay señal del Orestes enmascarado, que ya se sumió en la oscuridad de la noche de verano en Atenas.
Las voluntades de los dioses, liberadas por el universo en el momento de su nacimiento, chocaron contra las figuras esparcidas toda la tarde y se refugiaron en las estrellas.
En Urano se refugiaron las estrellas. En Pontos tuvo inicio la vida.
Al sonido y al ritmo suave del tiempo, el mundo se desarrolló, y en él, todas las personas nacían, morían, y tenían su destino determinado por las estrellas.
Y seguían las estrellas su flujo por la vida, y la vida por el flujo de las estrellas.
Antes de que las propias personas se dieran cuenta, fueron surgiendo aquellos que traían en sus cuerpos las voluntades de los dioses. Eran receptáculos de sus almas inmortales, sus profetas, o los propios dioses adquiriendo existencia terrenal.
Cuando surgían esas encarnaciones de los dioses, ellas procuraban guiar el mundo de acuerdo con sus voluntades, enfrentándose y luchando entre sí. Aparecieron entonces guerreros para proteger a los dioses, también escogidos por las constelaciones.
Estaba también Atenea y los sagrados guerreros de Atenea.
El combate mortal entre los dioses por la supremacía en el mundo se extendió por espacios temporales inconcebibles para la mente humana.
En los campos de batalla, Atenea estaba siempre rodeada de jóvenes guerreros que venían de todos los lugares de la Tierra para protegerla. Eran jóvenes verdaderamente dotados de coraje y fuerza. Sus golpes cortaban el aire, sus patadas desgarraban el suelo. Estos guerreros de la esperanza surgían siempre que el mal amenazaba con esparcirse por el mundo.
Pero sus nombres se perdieron en el tiempo y son ignorados hasta por la misma mitología griega. Esos jóvenes legendarios y olvidados, los sagrados Caballeros de Atenea.

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