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3.- LOS CABALLEROS DE ATENEA (PARTE 2)

Un hombre despierta de un sueño con una patada que lo lanza a más de diez peldaños escalera abajo.

-¡Levántate hombre!

-Ouch, ¡eso dolió! Y yo que estaba durmiendo tan bien – una pausa, su tono de voz cambia completamente al percibir quién lo despertó - ¡Aaayyy!

-¿Cuántas veces tengo que despertarlos a ustedes? ¡Parecen monos! – dice, sin formalidad, el muchacho japonés de cuerpo delgado.

-Bu-buenas noches, señor Seiya – responde el hombre en la escalera, mientras sacude rápidamente a sus dos compañeros que también dormían. Los tres visten armaduras de cuero, que es el uniforme de los defensores del Santuario de Atenea.

Si estuviera en el colegio, Seiya estaría en clase de educación física. El aspecto delgado y sus menos de 1,70 metros de altura no recuerdan en nada a los imponentes y musculosos luchadores profesionales. Sus cabellos forman ondas que dan la impresión de intenso dinamismo, y su mirada penetrante lleva aquella energía típica de los jóvenes. Con su traje y protectores de cuero, parece listo para una fiesta de disfraces.

-¡Muchachos! Ustedes son la guardia nocturna, tienen que vigilar el Santuario sin dormir.

-Cla-claro señor, nosotros lo sabemos.

-Entonces, ¿por qué se quedan dormidos? – continúa el muchacho - ¡Ustedes son unos inconscientes! ¡No porque últimamente todo está en paz quiere decir que nunca más va a aparecer un enemigo!

Seiya habla con autoridad, como si fuese un sargento comandando su tropa.

-Es por esas y otras cosas que ustedes nunca dejarán de ser soldados rasos – completa, al apartarse del grupo, dejando atrás a los soldados asustados hasta la última hebra de cabellos. – Se bien que esta noche de verano está perfecta para una siesta.

Seiya también está de servicio, pero su vigilancia es solitaria. Fue bastante al azar haber sido escogido para la patrulla nocturna con ese calor. Tal vez hubiese sido mejor aceptar la invitación de Shun, con certeza sería divertido pasear en Atenas. Pero, ¿mirar una pieza de teatro tan vieja? ¿Qué gracia ve Shun en eso?
Pareciendo olvidarse de la molestia que le dieron los soldados hace poco, Seiya suelta un bostezo sosegado y tranquilo. En el cielo, una inmensidad de estrellas.
Este siempre fue el Santuario de Atenea.
Los doce templos de la bóveda celeste componen un camino empinado alrededor de la montaña rocosa. Son los llamados Templos Zodiacales: Aries, Tauro, Géminis, Cáncer, Leo, Virgo, Libra, Escorpión, Sagitario, Capricornio, Acuario y Piscis. Ese camino tortuoso lleva a la sala del Patriarca, y al templo de Atenea, el más sagrado de todos.
El Odeón queda al pie de la montaña, al lado de otras construcciones comunes, como casas y la torre del reloj, así como ocurre en Delfos, famosa por su oráculo, la ciudad parece erguirse en torno del monumento sagrado.
En este mismo espacio conviven diferentes estilos arquitectónicos, algunos de períodos separados por milenios. Las ruinas de edificaciones antiguas son testimonios del uso contínuo de esta región a lo largo de muchas y muchas eras. Esta es la sede los Caballeros que defienden la Tierra.
Desde los más antiguos mitos y fábulas, Atenea salió siempre vencedora en los combates entre dioses en furia. Todos los relatos dan cuenta de que la diosa guerrera nunca falló en su lucha por la defensa de la paz, y en ninguna ocasión el Santuario cayó frente a las fuerzas maléficas.
Seiya interrumpe abruptamente su caminata vigilante.

-¿Qué sensación es esa? Un presentimiento desagradable.

El joven voltea su mirada en la dirección del observatorio celeste, en la cumbre de la montaña.

-¡Aaahhh!

Los gritos cogen a Seiya de sorpresa.

-Pero qué… – alarmado, sube la escalera lo más rápido que puede, subiendo cuatro o cinco peldaños en cada paso. Un olor penetrante y espeso de sangre hace que contenga su respiración por un instante. El olor es tan fuerte que parece que viniera de su propia boca.

-Una rata más – dice una voz viniendo de las sombras, en cuanto son lanzados, en dirección a Seiya, las pobres víctimas responsables de los gritos horripilantes.

-Estos tipos son…

El primero tiene todos los huesos en pedazos, aparentemente triturados por una fuerza devastadora. El segundo está todo perforado, cada centímetro de su cuerpo ha sido atravesado por agujas. El tercero es un cadáver desfigurado, con la piel arrancada como la cáscara de una fruta.
Son los tres guardias que hace poco dormían, muertos. ¡Soldados de Atenea derrotados en su Santuario!

-¿¡Quién está ahí!? – grita Seiya en dirección de los enemigos, hasta ahora ocultos en las sombras. Solo entonces consigue distinguir a dos de los invasores que han osado manchar de sangre el recinto sagrado.

-Agrios, la Fuerza Bruta – se presenta con una voz gruesa el gigante de dos metros y medio, tan grande que llega a cubrir las estrellas.

-Thoas, el Relámpago Veloz – dice el otro, también alto, pero no como el primero.

-Quirri… Yo soy Pallas, el Espíritu Estúpido – la tercera voz es ahogada, y la más aterrorizante de todas. Seiya se queda paralizado delante de la última criatura, al ser mostrada por la luz de las estrellas. Se trata de un demonio.

Pallas tiene brazos desproporcionalmente largos y la espada curvada como la de los jorobados en fábulas europeas. El torso retorcido está tan doblado para el frente que el rostro minúsculo y esquelético queda a la altura de la cintura de Seiya, haciendo que la criatura dirija su mirada de abajo hacia arriba. El monstruo parece ejercer una atracción terrible, tal vez por la pasión que los seres humanos tienen por todo lo que es extraño, la misma fascinación que nos atrajo a la Quimera.

-Esa armadura… - balbucea Seiya.

-¡Son las Adamas! Quirri… ¡El traje de la gran Tierra que protege a los Gigas! – responde Pallas, abriendo amenazadoramente los brazos largos como los de una araña.

Es un traje de diamante, que también puede ser llamado traje de cristal. Un traje compuesto de polígonos de cristal con un brillo hipnotizante. Seiya percibe que los otros dos invasores visten el mismo traje.

-¿Los Gigas? – pregunta el muchacho, perplejo - ¿Qué son los Gigas?

La ignorancia de Seiya al respecto de los Gigas provoca en Agrios una reacción furiosa.

-Atenea y sus Caballeros, ¿cómo osan olvidar el nombre de los Gigas?

-Tranquilo, Agrios.

-¡Pero Thoas!

-Me parece de cierta forma inevitable – continúa el segundo gigante – Nosotros, los Gigas, fuimos aprisionados por Atenea en la Gigantomaquia, en los tiempos antiguos. Imagina cuantas eras recorrió el mundo mientras vagábamos por nuestro cautiverio mortal, en el vacío entre Gaia y el Tártaro. Basta mirar al cielo. Hasta la estrella Polar cambió de lugar desde que partimos. Innumerosos astros ya extinguieron su llama y se perdieron en el firmamento.

-Quirri… Deja de hacerte el poeta, Thoas – interrumpe Pallas, al mismo tiempo en que apunta sus garras afiladas en dirección a Seiya.

Los dedos del monstruo son absurdamente largos, mucho más grandes que los de una persona, y cada movimiento produce un agudo sonido metálico generado por el roce de unos con otros. El traje de diamante brilla en un aterrorizante tono rojo oscuro, haciendo que la mano de la criatura se asemeje a una araña venenosa.

-¡Tú usaste esas garras contra ellos! – protesta el muchacho.

-Sabes, la piel de un joven es fácil de arrancar – responde la criatura, soltando un grito maníaco – Quirri… ¡PUPPET CLAW! (Garra de la Marioneta).

Seiya escapa por poco de la primera embestida de Pallas, que llega a arañar su nariz y cortar algunas hebras de su cabello. Sin la menor chance de recuperarse, el muchacho es casi inmediatamente alcanzado por Agrios, que se lanza contra él como una fiera gigantesca, lanzándolo al aire.

-¡Ooohhh! – El cuerpo de Seiya cae al piso con fuerza – Que increíble fuerza tiene ese Agrios, y pensar que él solo me rozó.

-¡Veo que soportaste bien el ataque! Pareces ser un poco menos débil que esos muertos en el suelo.

-Puedes callarte, grandulón – responde Seiya, en cuanto se levanta con una mirada de desprecio – Tú no me estás comparando con los soldados rasos, ¿no es así?

-¡Mono ridículo!

-¡Seiya! – la discusión es interrumpida por una nueva voz surgiendo en la noche.

-Kiki, ¿eres tú?

Un muchacho de cabellos cortos y erizados mira a los invasores con una expresión asustada. Debe ser unos cinco años más joven que Seiya. Sus cejas fueron rasuradas, tal vez por algún significado ceremonial, y en su lugar hay un diseño curioso y peculiar.

-Vine porque sentí presencias sospechosas, ¿quiénes son esos tipos? – su rostro parece combinar la originalidad de diversos pueblos, pudiendo ser considerado tanto oriental como occidental. En japonés, el nombre Kiki quiere decir demonio honrado.

Increíblemente, el muchacho se para en el aire sin ningún apoyo, después de haber surgido de la nada en el cielo.

-¿Teletransportación? Quirri… ¿ese enano es paranormal?

-No necesitas decirlo. ¡Seiya, usa mi telequinesis! – dice Kiki, antes de que su amigo pueda decir cualquier cosa.

En ese instante, una especie de baúl rompe el espacio, surgiendo en una esfera de luz sobre la cabeza de Seiya. La claridad hace que los Gigas cubran sus ojos ofuscados. Es una caja hecha de bronce, decorada con imágenes de un caballo alado en bajo relieve. De su tapa entreabierta escapa un brillo todavía más fuerte.
Los invasores observan, estupefactos, la aparición en el cielo de una estatua en la forma de un caballo alado, cubierta por un aura flameante de rayos azules y blancos. Un verdadero legado de la era de los mitos, la prueba de la existencia de los Caballeros, la más poderosa fuerte de energía del mundo.

-¡Pegaso!

Con ese grito, la estatua cobra vida y relincha, atendiendo la llamada de Seiya, para luego dividirse en varias partes que se adhieren al cuerpo del joven.
Cabeza, hombros, pecho, brazos, cinturón, piernas.

-¡Haaa! – el gigantesco cuerpo de Agrios es lanzado contra una montaña, en un impacto tan poderoso que por poco no abre una grieta en la roca. Él tose y presiona su abdomen con fuerza entre sus brazos, intentando impedir que el contenido de su estómago sea regurgitado.

-¡No es posible! ¿Un golpe invisible?

-¿No te lo dije grandulón?

Ni el mejor practicante de lucha o arte marcial, sea Karate, Box, o Muay Thai, es capaz de derrotar en una única embestida a un oponente que tenga el triple de su peso.
Pero Seiya es diferente, él domina la lucha de Atenea. Cuando su puño cortó el vacío, pasando bien cerca de la cabeza de Agrios, el movimiento envió una onda de choque, señal de que el golpe fue despedido a una velocidad superior al del sonido.
El golpe prueba que él es un guerrero escogido por las constelaciones esparcidas por la bóveda celeste.

-Ah, ¿es así? ¿Es así chiquillo? – Agrios se levanta furioso, expulsando con fuerza el aire de los pulmones. A pesar del ataque, él está entero. En verdad, sus músculos parecen haberse expandido, y su cuerpo crecido aún más.

-Tú eres un Caballero.

-¡Seiya! Mi nombre es Seiya, de la constelación de Pegaso.

Ese es un joven de poder legendario. Su fuerza viene de la estatua de Pegaso, que sale de la caja sagrada y se divide en pedazos para formar una impenetrable armadura protectora.
Las alas del caballo se doblan magistralmente como un abanico, encajándose en sus espaldas. Su cabeza toma la forma de un yelmo, y su cuerpo se transforma en un escudo pectoral. Lo que era el cuello del animal ahora cubre el brazo derecho de Seiya, mientras la cola se adhiere al brazo izquierdo, y el pecho es un cinturón. Las patas delanteras y traseras se mezclan de forma compleja, protegiendo las piernas del joven desde las uñas de los pies hasta los muslos. La polvareda estelar se esparce brillando en el aire.
La armadura sagrada de Seiya está completa. Es una armadura sagrada otorgada a los Caballeros escogidos de Atenea.

-Es bueno que ustedes lo sepan – grita el muchacho - ¡yo estoy muy molesto!

La armadura blanca-azulada de Pegaso provoca en Seiya una explosión de energía.

-¡PEGASUS RYUUSEI KEN! (Golpes de Meteoro de Pegaso).

-¿Cómo? ¿Los puños se multiplicaron? – se pregunta la bestia mientras rayos de luz se esparcen por todos lados.

De repente, un ruido sofocado interrumpe el golpe supersónico de puño de Seiya. El movimiento es contenido por la Adama de Thoas, el Relámpago Veloz, que hasta ahora se limitaba a observar la lucha.

-Enfría tu cabeza, Agrios – dice el segundo gigante, colocándose delante de Seiya – Tú ni percibes cómo ese ataque es limitado ¡Qué puños multiplicados ni que nada! A mí me pareció que cada golpe se arrastraba como un caracol.

-¿Cómo ese tipo puede ser tan veloz? – Seiya está sorprendido y confundido. Thoas fue capaz de repeler todo el flujo de golpes además de atrapar su puño.

-Es verdad que no se debe subestimar el poder de un Caballero con su armadura sagrada – continúa Thoas, apretando con más fuerza el puño del muchacho - ¡Tú vas a ver una cosa, chiquillo!

-Quirri… Analiza bien la situación – provoca Pallas - ¿Tú también piensas que un Caballero tiene chanches contra tres de nosotros?

-¡Maldición! Seiya está cercado.

Los tres Gigas comienzan a ejercer una presión invisible que hace que Kiki pierda la concentración y caiga con todo al suelo.

-¡Ouch! ¿¡Qué fue esa fuerza!? – antes de conseguir recuperarse, el muchacho observa, perplejo, la llegada de un invasor más que aparece trayendo en los hombros a Yulij de Sextante, desmayada.

-¿Señorita Yulij? – reconoce a la muchacha por su cabello plateado y la túnica escarlata de los oficiantes del Santuario, pero ella está inconsciente y no reacciona a la mención de su nombre.

Seiya no entiende por qué no detectó de antemano la presencia de este cuarto enemigo. Es realmente difícil de creer. Solamente si tuviese una fuerza avasalladora alguien conseguiría aproximarse a un Caballero sin ser percibido.
El nuevo invasor desaparece en seguida, rápida y silenciosamente, llevando a Yulij consigo.

-¡Desapareció! ¿Cómo? – Seiya no sabe que pensar.

-Bueno, ahora Agrios, Pallas, nuestra diversión termina aquí – dice Thoas a sus compañeros - ¿se olvidaron de nuestro objetivo original?

-¡Claro!

-Quirrirri… tienes razón.

Los gigantes recogen sus puños, para gran sorpresa de Seiya.

-Chiquillo, nos veremos otra vez.

-Quirrirri, escapaste esta vez, pero por poco tiempo.

Agrios y Pallas se cubren nuevamente en las sombras y desaparecen en la noche. Thoas se detiene por unos segundos más.

-Seiya de Pegaso, vamos a dejar que vivas para que lleves nuestro nombre a Atenea – dice – Dile a ella que vaya a Sicilia si quiere a la muchacha de vuelta. Nosotros, los Gigas, estaremos allá. Nosotros, la descendencia de los dioses antiguos, nacidos de la gran Tierra, aprisionados en las profundidades del vacío fantasma.

Con eso, la imagen del último invasor entra en la oscuridad para sumirse completamente.

-¡Pero qué demonios! ¿Ustedes qué…? – la voz de Seiya hace eco en vano, no hay más señal alguna de los enemigos.

El muchacho parece despertar de una pesadilla, si no fuese por los cadáveres de los soldados rasos y por el olor hostil dejado por las criaturas, podría jurar que nada de aquello hubiera ocurrido.

-Gigas, ¿de las profundidades del vacío fantasma?

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